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Cuando la democracia está en riesgo, la unidad deja de ser opción y se convierte en obligación

La segunda vuelta electoral en el Perú ya no enfrenta solamente a dos candidatos. En realidad, enfrenta dos caminos completamente distintos para el país.

Por un lado, el retorno del fujimorismo al poder total. Por el otro, la posibilidad de construir un contrapeso democrático frente a un grupo político que durante años ha demostrado que no sabe convivir con gobiernos que no controla.

Por eso no sorprende que distintas fuerzas políticas hayan decidido respaldar la candidatura de Roberto Sánchez de Juntos por el Perú. Primero La Gente, Ahora Nación y Obras entendieron algo que millones de peruanos ya sienten: el Perú no soporta más confrontación, más captura de instituciones ni más concentración de poder.

Durante demasiado tiempo, el fujimorismo convirtió la política peruana en un campo de demolición. Lo vimos desde 2016, cuando después de perder por escaso margen frente a Pedro Pablo Kuczynski, Fuerza Popular prefirió destruir al gobierno antes que construir estabilidad para el país. Desde entonces, el Perú quedó atrapado en una crisis permanente donde presidentes caían uno tras otro mientras el Congreso acumulaba cada vez más poder.

Hoy el escenario es todavía más delicado. El fujimorismo no solo mantiene enorme influencia en el Parlamento. También conserva capacidad de presión sobre instituciones clave y buena parte del debate mediático nacional. Lo único que le falta para completar el círculo de poder es recuperar el Ejecutivo.

Y eso es justamente lo que muchos sectores democráticos buscan evitar.

Los respaldos anunciados en los últimos días no son simples alianzas electorales. Son señales políticas. Son agrupaciones entendiendo que, más allá de diferencias ideológicas, el país necesita equilibrio democrático y un límite frente a la concentración de poder.

Primero La Gente habló de defender la democracia y enfrentar leyes favorables al crimen organizado. Ahora Nación advirtió que votar en blanco terminaría favoreciendo al fujimorismo. Y Obras señaló que el Perú necesita volver a unirse. Detrás de cada pronunciamiento existe una misma preocupación: impedir que el país siga cayendo en una lógica de confrontación permanente y control político absoluto.

Roberto Sánchez no representa únicamente una candidatura. Hoy representa la posibilidad de construir un contrapeso. Y eso es fundamental para cualquier democracia sana.

Porque cuando un solo grupo concentra demasiado poder —Congreso, influencia mediática, operadores políticos e instituciones estratégicas— la democracia deja de respirar. Y cuando eso ocurre, el ciudadano común termina siendo el gran perjudicado.

El Perú necesita equilibrio, diálogo y estabilidad real. No más guerras políticas interminables. No más blindajes. No más persecuciones. No más gobiernos destruidos desde el Congreso.

Por eso los respaldos a Roberto Sánchez tienen un significado mucho más profundo que una simple suma de votos. Representan la decisión de distintos sectores de impedir que el país vuelva a quedar atrapado bajo el control absoluto del fujimorismo.

Y quizá esa sea hoy la tarea más urgente para defender la democracia peruana.

Marcos GY

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