Opinión

La ética del click: por qué las noticias sensacionalistas empobrecen la democracia

El ecosistema informativo peruano se ha vuelto tan rápido que ya no alcanza a pensar. La velocidad ganó terreno, pero la verdad perdió espacio.

La economía de la atención y el deterioro del criterio periodístico

En los últimos años, la información dejó de ser un servicio público para convertirse en un producto diseñado para sobrevivir en un mercado saturado. Las redacciones no compiten por profundidad, sino por segundos de atención. Cada titular se escribe bajo presión, cada imagen se elige buscando impacto y cada publicación se evalúa no por su aporte al debate, sino por el número de clics que genere. El resultado es evidente: una ciudadanía más informada de escándalos que de procesos, más conectada al ruido que a las causas reales de los problemas.

Herbert Simon anticipó este fenómeno hace décadas: la abundancia de información produce pobreza de atención. Esa es la regla que gobierna hoy a los medios digitales. En lugar de construir públicos críticos, se fabrican audiencias ansiosas. Y cuando la atención se vuelve el principal recurso, el periodismo deja de cumplir su función social. Se impone la lógica comercial, no la ética.

El Perú, además, opera en un ecosistema frágil. Las redacciones se han reducido, las condiciones laborales son precarias y la presión por producir contenido masivo es intensa. Un periodista puede verse obligado a publicar cinco o seis notas en un turno, sin tiempo para verificar o contextualizar. Esa dinámica no es un accidente: es un modelo que acepta el error como daño colateral y normaliza la superficialidad como estrategia.


Cuando la noticia se convierte en espectáculo

El sensacionalismo no es nuevo, pero su expansión en plataformas digitales sí lo es. Antes estaba limitado a tabloides; ahora es parte de la lógica dominante. El algoritmo premia lo emocional, lo conflictivo, lo exagerado. Así, titulares que deberían explicar se vuelven slogans, casos complejos se reducen a intrigas y la política se trata como si fuera un programa de entretenimiento.

Este espectáculo mediático tiene efectos reales. Distorsiona la percepción pública de la violencia, exagera la confrontación política e instala la idea de que nada tiene solución. Cuando todo se presenta como crisis permanente, la ciudadanía pierde capacidad de distinguir lo urgente de lo importante. La saturación emocional debilita el pensamiento crítico y facilita la manipulación. El populismo encuentra terreno fértil cuando la información llega distorsionada o fragmentada.

En este contexto, no solo se dañan los procesos democráticos. También se daña la propia noción de verdad. Una sociedad que normaliza el titular engañoso se acostumbra a desconfiar. Al no confiar en los medios, las personas migran hacia creadores improvisados o fuentes que ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Esa desintermediación, aunque parezca liberadora, suele aumentar la desinformación.


Hacia un periodismo que ayude a pensar

Romper con la ética del click no es un gesto romántico; es una necesidad democrática. La ciudadanía merece información que permita comprender, no solo reaccionar. Para ello es indispensable recuperar prácticas que la velocidad ha relegado: verificar, contextualizar, explicar. La comunicación responsable no consiste en evitar temas duros, sino en narrarlos con rigor. Los medios deben recordar que la rapidez nunca justifica sacrificar precisión.

Pero la responsabilidad no recae únicamente en el periodista o en la empresa. La ciudadanía también participa en este ecosistema. Cada vez que un lector premia el morbo con un clic, fortalece el modelo que después critica. La educación mediática —entender cómo se produce la información, cómo se distorsiona y cómo se verifica— debería ser parte de la formación ciudadana básica. Un público que exige calidad obliga a los medios a elevar sus estándares.

El Perú necesita reconstruir su relación con la información. Y esa reconstrucción comienza con prácticas distintas: menos espectacularización, más análisis; menos inmediatez vacía, más contexto; menos ruido, más pensamiento. La misión de un medio no debería ser entretener con la desgracia ajena, sino ayudar a que el país se entienda a sí mismo. Un periodismo que ilumina es un periodismo que contribuye a transformar, no solo a describir.

La ética del click puede parecer inevitable, pero no lo es. Cada medio define qué tipo de conversación quiere promover. Cada periodista decide qué tipo de historias contar. Y cada ciudadano elige qué contenido legitimar. La democracia se alimenta de información seria, no de escándalos reciclados. Recuperar esa idea es el primer paso para mejorar la calidad de nuestra vida pública.

Marcos Gonzales Yamashiro

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