Opinión

Corrupción: el costo que nos roba el futuro

Con lo que se roba en un año, el Perú podría construir cientos de colegios, erradicar la anemia infantil y levantar hospitales; pero seguimos perdiendo el futuro en manos de la corrupción.

En el Perú no falta dinero. Lo que falta es que llegue a donde debe llegar. Según la Contraloría, solo en 2023 la corrupción y la inconducta funcional se llevaron S/ 24 268 millones, es decir, 12,7 de cada 100 soles del gasto público. Una cifra enorme, que suele sonar lejana, pero que en realidad se traduce en menos escuelas, menos hospitales y menos seguridad para todos.

Si ese dinero no desapareciera, las posibilidades serían gigantescas. Pensemos en educación: con lo perdido podríamos construir casi 300 colegios emblemáticos, con laboratorios, bibliotecas y canchas deportivas, beneficiando a cerca de medio millón de estudiantes. Y si hablamos de salud, el panorama es igual de revelador: un hospital de alta complejidad como el de Piura cuesta alrededor de S/ 926 millones. Con lo que se roba en un solo año, podríamos levantar 26 hospitales de esa magnitud en regiones donde hoy un traslado médico puede costar vidas.

La infancia es otra víctima silenciosa. En el Perú, 4 de cada 10 niños menores de 3 años sufren de anemia. El presupuesto anual para enfrentar este problema ronda los S/ 800 millones. ¿Qué pasaría si se invirtiera lo que hoy se pierde en corrupción? Podríamos financiar 30 años de lucha sostenida contra la anemia y asegurar que más de un millón de niñas y niños crezcan sanos cada año. La diferencia es tan abismal que cuesta entender cómo seguimos tolerando este saqueo.

Y si vamos a seguridad ciudadana, la cuenta indigna aún más. Una comisaría moderna cuesta unos S/ 12 a 18 millones. Con lo perdido, podríamos tener hasta 2 000 nuevas comisarías y más de 130 000 patrulleros listos para combatir la delincuencia. No hablamos de sueños imposibles, hablamos de lo que ya teníamos en el bolsillo y dejamos escapar por la ventana de la corrupción.

La lista sigue: podríamos financiar 10 años completos de Qali Warma, el programa que alimenta a más de 4 millones de escolares; o construir miles de kilómetros de carreteras para conectar pueblos olvidados. Cada sol robado es una oportunidad perdida, un futuro que se nos escapa.

Por eso la discusión de fondo no es si necesitamos más reformas educativas, más proyectos de infraestructura o más planes de seguridad. Todo eso es indispensable, sí, pero nada funcionará si no se corta primero el drenaje. Mientras la corrupción siga devorando el 12% del gasto público, cualquier plan será como llenar un balde agujereado.

El Perú no está condenado, está mal administrado. Cada año perdemos lo suficiente para transformar la vida de millones de personas. La pregunta no es si podemos hacerlo, sino si vamos a decidir de una vez a dónde queremos que vaya nuestro dinero: ¿al progreso o al bolsillo de unos pocos? El futuro no nos lo quitan los mercados internacionales ni la geografía, nos lo quita la corrupción. Y hasta que no lo entendamos, seguiremos contando pérdidas en lugar de sueños cumplidos.

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