Una de las preguntas más incómodas —y necesarias— de la política peruana es esta: ¿por qué personas con escasos recursos económicos votan por partidos que, una y otra vez, legislan y gobiernan contra sus propios intereses? Partidos como Fuerza Popular, Avanza País, Renovación Popular o Alianza para el Progreso no solo no han resuelto los problemas estructurales del país: han sido actores centrales del desastre político, institucional y social que hoy vivimos. Sin embargo, siguen recibiendo votos populares.
No es ignorancia. Tampoco es “falta de educación”, como repiten con desprecio ciertos analistas de escritorio. Es algo más profundo —y más perverso—: una combinación de miedo, desinformación, clientelismo y ausencia de un proyecto colectivo creíble.

Primero, el miedo. Durante décadas se ha instalado la idea de que cualquier alternativa al modelo dominante es sinónimo de caos, comunismo, expropiaciones o hambre. No importa que quienes difunden ese relato hayan gobernado mal, robado o bloqueado sistemáticamente reformas básicas. El miedo paraliza el pensamiento crítico. Y cuando alguien teme perder lo poco que tiene, prefiere apostar por quien promete “orden”, aunque ese orden siempre caiga del mismo lado.
Segundo, la desinformación estructural. No se trata solo de fake news, sino de un ecosistema mediático concentrado que normaliza ciertas ideas y borra otras. Se repite hasta el cansancio que el problema es el Estado, nunca los intereses privados que lo capturan. Se culpa al pobre por su pobreza y se absuelve al poder por su abuso. Así, votar contra uno mismo se vuelve “sentido común”.
Tercero, el clientelismo. Para millones de personas, el Estado aparece solo en campaña electoral: una canasta, un polo, una promesa vaga. No hay derechos garantizados, hay favores. Y quien vive de favores no vota por futuro, vota por supervivencia inmediata. Los partidos tradicionales lo saben y lo explotan sin pudor.
Cuarto, y quizá lo más grave: la ausencia de representación real. Cuando la política deja de parecer una herramienta de cambio y se convierte en una pelea de élites, muchos votan no por convicción, sino por descarte. Si nadie me representa, voto por quien me dicen que es “el mal menor”, aunque siempre sea el mismo mal.

El resultado es una paradoja brutal: nos gobiernan quienes pierden las elecciones, vía pactos, blindajes y control del Congreso. Y nos gobiernan quienes más daño nos hacen, porque legislan para unos pocos mientras predican sacrificios para las mayorías. No es casualidad: es diseño.
Romper este ciclo no pasa por insultar al votante pobre ni por burlarse de sus decisiones. Pasa por disputar el sentido común, construir organización, ofrecer alternativas claras y dejar de tenerle miedo al conflicto político real. Porque mientras sigamos explicando el desastre como un error del pueblo y no como una victoria del poder, el poder seguirá ganando.
Marcos GY

