En el Perú hay una frase que se repite como verdad absoluta: “el pobre es pobre porque quiere”. No es una opinión valiente ni una reflexión profunda. Es una excusa. Y como toda excusa, sirve para no hacerse cargo de nada.
Decir eso es fácil cuando nunca faltó el desayuno, cuando el colegio tuvo profesores todo el año y cuando enfermarse no significó endeudarse o hacer una pollada. Desde ese lugar, juzgar resulta cómodo.
La pobreza no es una decisión individual. Es el resultado de crecer con menos oportunidades desde el primer día. Un niño que estudia en una escuela sin agua, sin internet y con aulas saturadas no compite en igualdad con otro que tiene libros, apoyo familiar y tiempo para estudiar. No es ideología. Es sentido común.

En el Perú, millones de personas trabajan más de ocho o diez horas diarias y siguen siendo pobres. No porque no se esfuercen, sino porque el trabajo informal paga poco, no da estabilidad y no permite ahorrar. Aquí, el esfuerzo muchas veces solo alcanza para sobrevivir, no para salir adelante.
El expresidente sudafricano Nelson Mandela lo dijo con claridad: “Superar la pobreza no es un gesto de caridad, es un acto de justicia”. Y tenía razón. La pobreza no se explica por la flojera de millones, sino por sistemas que funcionan mal y reparten mal las oportunidades.
Sin embargo, repetir que “todo depende de uno” sirve para algo muy concreto: culpar al que está abajo y liberar de responsabilidad al Estado y a quienes toman decisiones. Es más sencillo señalar al pobre que admitir que el país ofrece caminos rotos desde el inicio.

La pobreza también se hereda. No por genética ni por falta de valores, sino porque la mala educación, la mala nutrición y la falta de acceso a salud se repiten como una cadena. Romperla no depende solo de ganas. Depende de condiciones mínimas que hoy no existen para millones de peruanos.
Esta frase —“el pobre es pobre porque quiere”— no solo es falsa. Es peligrosa. Justifica la indiferencia. Si el pobre es pobre por culpa suya, entonces no hay nada que cambiar: ni escuelas, ni sueldos, ni hospitales. El problema siempre es otro.
Dicho simple, para que cualquiera lo entienda: si a dos chicos les toman el mismo examen, pero uno tuvo buenos profesores, libros y comida, y el otro no, ¿es justo burlarse del que sacó mala nota? No.
Con la pobreza pasa exactamente lo mismo. Mientras sigamos repitiendo esa mentira, no vamos a resolver nada. Solo vamos a confirmar que el verdadero problema no es la pobreza, sino la facilidad con la que aprendimos a mirar hacia otro lado.
Marcos GY

