El 15 de octubre no es una fecha cualquiera. No es solo una marcha, ni un paro más. Es el momento en que el país cansado, el que madruga sin derechos y paga impuestos para sostener a los mismos de siempre, decide hablar por sí mismo. Porque el Congreso gobierna, el presidente improvisa y el pueblo resiste. El nuevo régimen, encabezado por José Jerí Oré y un Congreso que se ha convertido en su propio gobierno, es la continuación del pacto que mantuvo a Dina Boluarte en el poder: un sistema donde el cálculo reemplazó a la convicción, donde el cargo vale más que la verdad y la democracia se reduce a un trámite. La vacancia de Boluarte no fue un cambio de rumbo, sino una repartija del mismo poder entre quienes la sostuvieron. Y hoy, ese poder, que se autoproclama legítimo, enfrenta su primer juicio público: la calle.
La marcha del 15 de octubre no la convoca un partido ni un caudillo. Nace del desborde ciudadano, de los estudiantes que no toleran la indiferencia, de los transportistas que se cansaron de ser extorsionados, de las mujeres que ven cómo la justicia protege a sus agresores, de los jóvenes que crecieron viendo caer gobiernos pero nunca verlos cambiar. No es una protesta contra el orden, es una exigencia para que exista uno verdadero. Quienes marchan no buscan incendiar el país; buscan encenderle conciencia.

El Perú no tiene crisis de liderazgo, tiene un vacío de integridad. Ningún poder se salva: ni el Ejecutivo que hoy encabeza un presidente con denuncias judiciales, ni el Congreso que concentra y manipula el poder con la destreza de una mafia institucional. Por eso la marcha del 15 no es de izquierda ni de derecha, ni limeña ni provinciana: es transversal, cívica y profundamente democrática. Marchar hoy es un acto de dignidad en un país que parece haberse acostumbrado al abuso.
Cuando las instituciones fallan, la calle se convierte en el último poder legítimo. Y si el Congreso se ha apropiado del Estado, el pueblo tiene el deber de reapropiarse del país. No con violencia, sino con presencia. No con odio, sino con verdad. La marcha del 15 de octubre no busca un mártir, busca un mensaje: que el Perú no está dormido, que su gente no acepta que la corrupción sea destino ni que la impunidad sea costumbre.

Apoyar la movilización del 15 no es un acto de rebeldía, es un acto de sanidad democrática. Porque cuando los poderes del Estado se corrompen, protestar se convierte en un deber moral. Porque el silencio ya no protege a nadie. Porque el Perú necesita volver a mirarse a los ojos y recordar que el poder, todo poder, solo tiene sentido si sirve a su gente. El 15 de octubre, la calle no será una amenaza: será la conciencia de la nación.
Marcos GY

