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La izquierda no expropia: genera inclusión para quienes más lo necesitan, el caso de Ollanta Humala

Durante más de tres décadas, en el Perú se instaló una narrativa casi automática: si la izquierda llega al poder, vendrán las expropiaciones, el caos económico y el miedo. Se dijo tantas veces que muchos terminaron creyéndolo como una verdad absoluta. Sin embargo, la realidad política reciente del país cuenta otra historia. Y el mejor ejemplo es el gobierno de Ollanta Humala.

Más allá de simpatías o críticas, lo cierto es que el de Humala fue el único gobierno claramente identificado con una tendencia de centroizquierda que logró gobernar de manera estable en los últimos 30 años. Porque el caso de Pedro Castillo terminó atrapado entre la confrontación política, la crisis permanente y la falta de estabilidad para desarrollar un proyecto de gobierno.

Y aquí vale recordar algo que el miedo político suele borrar: la izquierda que llegó con Humala no le quitó la casa a nadie.

No hubo confiscaciones masivas. No desapareció la propiedad privada. No se destruyó el sistema financiero. No se cerraron medios. No se estatizó la economía.

El Perú siguió creciendo, la inversión privada continuó y la estabilidad macroeconómica se mantuvo. De hecho, Humala terminó siendo mucho más moderado de lo que sus opositores anunciaban durante la campaña del 2011, cuando algunos sectores prácticamente advertían que el país se convertiría en otra Venezuela. Nada de eso ocurrió.

Lo que sí ocurrió fue otra cosa: el Estado empezó a mirar con mayor fuerza a los sectores históricamente olvidados.

Durante ese gobierno se creó el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, convirtiendo la inclusión social en política pública nacional y no solo en programas dispersos. Y desde ahí nacieron iniciativas que hasta hoy siguen vigentes porque tuvieron impacto real en millones de peruanos.

Ahí están:

  • Pensión 65, que permitió que adultos mayores en pobreza extrema tengan un ingreso básico para vivir con mayor tranquilidad.
  • Beca 18, que abrió las puertas de institutos y universidades a jóvenes talentosos que antes no podían estudiar por falta de dinero.
  • Beca Presidente de la República, que permitió que profesionales peruanos accedan a estudios de posgrado incluso en universidades extranjeras.
  • Qali Warma, que llevó alimentación escolar a miles de niños de zonas vulnerables.
  • Cuna Más, enfocado en la atención de la primera infancia.
  • Haku Wiñay, orientado al desarrollo productivo rural y apoyo a pequeños agricultores.
  • Tambos, acercando servicios del Estado a comunidades rurales alejadas donde antes prácticamente no existía presencia pública.

La verdadera discusión que dejó ese periodo es otra: ¿puede existir una izquierda democrática, moderada y compatible con estabilidad económica en el Perú? La experiencia de Humala demuestra que sí. Y eso rompe una idea que durante años fue repetida en la política peruana: que cualquier gobierno con enfoque social terminaría destruyendo la economía o atentando contra la propiedad privada.

El Perú sigue siendo uno de los países más desiguales de la región. Y reducir desigualdad no significa quitarle a unos para regalarle a otros. Significa darle oportunidades básicas a quienes durante años fueron olvidados por el Estado: acceso a educación, alimentación, atención infantil, apoyo al adulto mayor y oportunidades para salir adelante.

Durante mucho tiempo se intentó instalar la idea de que hablar de inclusión social era sinónimo de radicalismo. Pero la experiencia del gobierno de Humala mostró algo distinto: que era posible impulsar programas sociales, mantener estabilidad económica y, al mismo tiempo, empezar a cerrar brechas históricas que millones de peruanos arrastraban desde hace décadas.

Los hechos quedaron ahí. El único gobierno de centroizquierda que logró gobernar plenamente en las últimas décadas no destruyó el país. Más bien dejó varios de los programas sociales que hasta hoy siguen beneficiando a millones de familias peruanas.

Marcos GY

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