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Cuando la democracia se decide en las sombras

Hay victorias que celebran la democracia y hay victorias que la dejan herida. La elección de la Mesa Directiva del Senado pertenece, a mi juicio, a la segunda categoría.

El oficialismo dirá que ganó conforme al reglamento. Y probablemente tenga razón desde el punto de vista formal. Pero la democracia no vive únicamente de reglamentos. Vive de la confianza. Y cuando un proceso concluye dejando más dudas que certezas, el triunfo puede ser legal, pero difícilmente será incuestionable.

El voto que definió la elección no solo eligió a un presidente del Senado. También abrió una grieta en la credibilidad de una institución que recién empieza a caminar. Si se descartan errores materiales y errores en el conteo, el país queda frente a un escenario inquietante: un voto adulterado, un voto condicionado por intereses ajenos a la voluntad democrática o un legislador que decidió ocultar su verdadera decisión mientras decía otra cosa. No afirmo que una de esas hipótesis sea la verdadera. Lo que sostengo es que, si son las únicas explicaciones posibles, ninguna fortalece la democracia.

La política peruana tiene una larga historia de acuerdos ocultos, operadores silenciosos y decisiones tomadas lejos de la mirada ciudadana. Esa forma de ejercer el poder fue precisamente la que degradó nuestras instituciones durante décadas. Por eso resulta inevitable que un episodio como este despierte recuerdos incómodos. No porque sea idéntico a otros momentos de nuestra historia, sino porque reproduce la misma lógica: el poder se impone mientras la transparencia queda relegada.

El problema de gobernar entre sombras es que la sombra termina cubriéndolo todo. Si un voto decisivo permanece sin explicación convincente, la duda deja de ser un problema de una bancada y se convierte en un problema del sistema político. Porque la democracia no solo debe ser limpia; debe poder demostrar que lo fue.

Los ciudadanos no están obligados a aceptar sin cuestionamientos aquello que no encuentra una explicación razonable. La desconfianza no nace de la crítica; nace del silencio. Y cuando las instituciones prefieren convivir con la sospecha antes que disiparla, son ellas mismas las que alimentan el descrédito que luego dicen combatir.

El Senado ya tiene Mesa Directiva. Eso difícilmente cambiará. Lo que sí puede cambiar es la percepción de millones de peruanos sobre la calidad de nuestra democracia. Porque una democracia no empieza a deteriorarse cuando se dejan de contar votos. Empieza a deteriorarse cuando los votos dejan de inspirar confianza.

Y ese es el verdadero costo de esta elección: no quién ocupa la presidencia del Senado, sino la sensación de que, una vez más, el poder pudo haberse decidido donde los ciudadanos no alcanzan a ver.

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